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Archive for the ‘Surcos 10 – 2006’ Category

Bajamar

Relato fotográfico Surcos Nº 10

Por Juan Alonso

Pesca, política y pillaje en el Atlántico Sur: cómo se vacía una de las reservas submarinas más importantes del mundo.

La casa del pescador está en la zona más antigua de Mar del Plata, a sólo tres cuadras de los grises cabarets del puerto. La ventana que da a la calle empedrada está abierta de par en par. Golpeo las manos. Aparece una mujer robusta, de unos 60 años, de cabello castaño claro y paso apurado. “Soy María Eva, la hija de Vicente.” Me invita a pasar. Ingreso a la propiedad por un angosto pasillo que termina en un patio cubierto por una parra, donde me espera Vicente sentado a la cabecera de una mesa de fórmica, amparado del sol. Me sirven café. Enciendo un cigarrillo. Cerca de la parrilla, un canario anaranjado y blanco raspa el pico contra la jaula. Un aire fresco nos da en la cara y los ojos verdosos de Vicente Amalfitano, que todavía centellean, me resultan tan ásperos como sus curtidas manos de 92 años. “Con estas manos”, cuenta, machacando cada palabra, “levanté esta casa, mantuve a mi familia y pesqué toda la vida. Todo lo hice con estas manos. Santa Madonna, si hace 90 años que pesco en este mare. Éste es el país más hermoso del mundo”, dice el viejo pescador nacido en Nápoles, hundiéndose en el pasado.

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Relato fotográfico Surcos Nº 10

Por Sergio Vilela

Leonardo González

Perú es el segundo país con más variedades de aves en el mundo, con unas mil setecientas especies. Muchas anidan en la Reserva Nacional de Paracas, un paraíso que este biólogo quisiera preservar.

Las reservas ecológicas existen para subrayar en los mapas del mundo lo poco que nos falta por arruinar. Y sirven también para sospechar de la civilización. Son las seis de la mañana en Paracas y el biólogo Leonardo González estaciona su camioneta, a unos metros de la carretera, en medio de la nada. Ha conducido durante cuatro horas en dirección al sur, a doscientos cincuenta kilómetros de Lima y de sus ocho millones de habitantes. El sol asoma y amenaza con incendiar este desierto costero en el que no hay ni camellos ni petróleo. La inmensidad aplasta. González saca de la camioneta su largavista y señala una lejana torre de madera que se yergue solitaria sobre la alfombra de arena.

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